Hola, soy mamá de un niño hermoso, muy deseado y planeado. Después de 7 años de matrimonio y muchas visitas con varios doctores, pude quedar embarazada.
Cuando supe que venía en camino, mi vida se llenó de ilusión. Cada día era una gozadera mientras esperábamos y nos preparábamos. Se me hicieron eternos los 9 meses de un embarazo tranquilo y bastante sano.
Por fin llegó a mis brazos y lo recibimos en casa con mucho amor.
El tiempo pasó y, a sus 24 meses, lo llevamos al especialista porque observamos que su desarrollo no era igual al del resto de los niños. Siempre tratamos de ser positivos, pensando que cada niño tenía su propio tiempo.
Sin embargo, después de varias evaluaciones —con altas y bajas que me tenían en completa negación— llegó la noticia: nos informaron que estaba dentro del espectro autista.
Ese día todo cambió. El diagnóstico me rompió y me volvió a armar.
Me llenó de miedo y, al mismo tiempo, de valentía. Supe que tenía que estar fuerte para mi Mati, porque la vida no siempre es ligera; a veces nos sacude con fuerza.
Aun con este gran reto que tenemos como familia, lo sigo eligiendo cada día. Porque si yo tengo días en los que muero de miedo, pienso que, si él llegara a notarlo, sería aún más difícil para los dos.
La vida con él es más bonita y lo elegiría mil veces más. Solo hay días en los que tengo más miedos que certezas, en los que quiero salir corriendo o pensar que todo es un mal sueño del que voy a despertar pronto. No quiero que mi hijo sufra.
A veces, solo finjo ser valiente por él.
Malu

